martes, 14 de febrero de 2012
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FOUGUE
EVA NUÑO DE LA ASUNCIÓN
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Gracias a todas las personas que de algún modo han contribuido a lo
que sigue, todas saben que la vida es magia. Y por supuesto a José y a
Mario Merlino, por ellos empezó todo.
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PRÓLOGO
¡Hola, leyente!
Voy a hablar sobre este libro. No lo he leído, así que no sé de qué va la
historia. Pero sí sé otras cosas.
Las dos personas creadoras de este libro son José y Eva. Han utilizado
sus magias, en coherencia con su intuición: han demostrado su poder.
Superpoderes como los dioses.
Un buen día, probablemente de noche, alguien los presentó. Yo esta
cerca, aunque ahora no recuerdo si físicamente. Hablaron. Él le preguntó a ella
“a qué te dedicas”. Ella, con ademán de diosa, le contestó que “a escribir”. Él
entonces sintió cómo una potente onda de realidad lo atravesaba, sintonizando
al instante. Con la fuerza de los cielos, dijo entonces: “Yo soy el que te va a
contar la historia que tú va a escribir”.
¡Flipante!
Ahora podemos leer el resultado de ese encuentro, asomarnos al universo
que crearon y formar parte de su expansión, descubriéndolo.
La magia escritora de Eva al servicio de la magia de la vida de José
confiando en mi magia prologuera que confía en tu magia lectora….
En fin, que estoy deseando leer esta historia y el epiprólogo que hay
después, escrito por el mismísimo Kandinsky. ¿Sentiré una lluvia fresca de
casualidades en la cara? ¿Qué será real y qué será leyenda? Vete a saber, pero la
magia de la leyenda ya es real, así que ¡a disfrutarla!!
Besos
Ignacio Ave
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“He aquí que los toros de pezuñas de bronce soplan a Vulcano por sus narices de
acero, y la hierba tocada por los vapores arde; y como suelen resonar las fraguas
resonantes, o cuando la piedra caliza desmenuzada en un horno de tierra arde al
ser rociada con líquida agua, así resuenan los pechos que en su interior hacen
brillar las llamas encerradas y también sus abrasadas gargantas.”
Metamorfosis. Ovidio. Libro VII 105
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Creo que, para su evasión, aprovechó una migración de pájaros silvestres. La
mañana de la partida, como El Principito, ordenó bien su planeta, deshollinó
cuidadosamente sus volcanes y partió. Había conseguido, por fin, un dinero que
esperaba y pensó que sería suficiente. Su ilusión era acercarse a la cultura que
tanta fascinación le había producido desde hacía tiempo. Era la Semana Santa
de 2004 y llegó a México con lo puesto. En su mochila un libro, sus pinturas,
alguna ropa, pasaporte y billete de ida y vuelta, programada para tres meses
después.
Kandinsky aterrizó en México Distrito Federal. Tiempo antes, había conocido
a unos gitanos en Cuenca. Una de sus aficiones, era ponerle sobrenombre a toda
persona que poblara sus vidas y le bautizaron “Kandinsky”. Desde entonces,
muchos le llamaban así. Su primera intención era ir al desierto de Sonora.
Castaneda le había llegado profundo en su conocimiento de los estados
alterados de la conciencia. Pero aún sin definir su destino, conoció casualmente
a un Indio Yaqui. No le hizo falta viajar a Sonora, porque de los momentos y
conversaciones con este Don Juan, se adentró en la magia y la leyenda.
Así, supo de la bandera yaqui. Tres colores, azul, blanco y rojo. El azul, la
fortaleza de un pueblo bajo el manto azul del cielo. El blanco, la pureza de
sangre de la raza yaqui. El rojo, la sangre que derramaron sus hermanos por la
defensa del territorio y su autonomía. Tres luceros celestes, sol, luna y estrellas.
El sol dominando, como el Dios que ilumina y da vida a la raza. La luna, la Diosa
que les protege día y noche. Las estrellas, los espíritus que vigilan desde el más
allá los cuatro puntos cardinales del territorio Yaqui. Y una cruz, su nueva
religión.
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Kandinsky le propuso al Indio Yaqui visitar la Virgen de Guadalupe. Allí
fueron. Viernes Santo de 2004. Todo lo que vio, le causó un extraño efecto. Eran
espeluznantes los autocastigos que la gente se infringía. Penitentes caminando
de rodillas o portando cruces. Cuando tuvo delante a la Virgen de Guadalupe,
recordó la lectura del Apocalipsis. Describe una mujer que tapa el sol, encima de
la luna y un manto de estrellas en su cabeza. Revelador. Apocalipsis 12:14: "Pero
se le dieron a la mujer las dos alas del águila grande para que volara al
desierto, a su lugar; allí será mantenida lejos del dragón por un tiempo, dos
tiempos y la mitad de un tiempo."
La Virgen de Guadalupe se apareció por primera vez a Juan Diego
Cuauhtlatoatzin un 9 de diciembre de 1531. En total cuatro veces entre el 9 y el
12 de diciembre. Debía llevar un mensaje al entonces obispo fray Juan de
Zumárraga. El mensaje era que en ese mismo lugar, debía erigirse un templo.
Un obispo, como es natural, no podía creer a un indígena Chichimeca, pero
Juan Diego debía cumplir su misión. La Virgen le susurró a Juan Diego que
cortara unas rosas que acababan de florecer misteriosamente en lo alto del
cerro. Así fue, como cuando Juan Diego mostró al obispo las raramente
florecidas rosas en mitad del helado invierno, apareció la imagen de la Virgen
impresa en el ayate donde las había recogido. Era el retrato de una señora
hermosa y dulce, de rostro ovalado en gesto de oración y embarazada. El obispo
construyó una ermita donde Juan Diego Cuauhtlatoatzin viviría por el resto de
sus días custodiando el ayate. Este lugar se convirtió en un continuo peregrinar
de creyentes. Casi dieciséis millones de personas visitan la basílica cada año,
para ver de cerca la impresión en el ayate de fibras de maguey, que no presenta
deterioro alguno después de cinco siglos, a pesar de que la duración habitual del
tejido es de unos quince años. También sobrevivió a un atentado con bomba,
cometido por un anarquista español en 1921, pero que a pesar de destruir lo que
tenía alrededor no llegó a dañar la imagen de la Virgen.
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Mientras Kandinsky recordaba todo esto, una monja mexicana, se acercó.
—¿Estaría usted dispuesto a llevar la Cruz de Nuestro Señor? — le preguntó la
monja.
—No puedo. Me operaron y llevo clavos — le contestó, mientras
educadamente se arremangaba el pantalón para enseñarle su pierna derecha.
Cuando sus pensamientos a veces le atormentan, esa cruz, que no cargó a sus
espaldas aquel día, acude a su mente.
2.
Un México espectacular le atrapó y cada sitio le llevó a otro. Teotihuacán y
después Palenque. En Palenque quiso visitar el Calendario Maya, el Templo de
las Inscripciones y la Tumba del Astronauta, emblemas de misterios sin resolver
en el corazón de la civilización maya.
Primero, acudió a ver el Calendario, pero cuando lo tuvo delante mismo no
entendió nada. Sabía que el sistema de Calendario Tzolkin - la cuenta de los
días-, contempla doscientos sesenta días y cuenta el tiempo en ciclos de trece
meses, de veinte días cada uno. Llamaban a sus días y meses con los nombres de
varias deidades. Como cualquier calendario, era utilizado para celebrar
ceremonias religiosas, pronosticar la llegada y duración del período de lluvias o
el tiempo de cacería y pesca, pero también como oráculo para pronosticar el
destino de las personas. Kandinsky una vez, había averiguado su signo del
calendario Tzolkin, que correspondía con Kan. Su traducción, “Semilla autoexistente
amarilla”. La raza amarilla se relaciona con el acierto en el tiempo de
la siembra y la cosecha, es decir, conocer el momento preciso de la acción. Les
guía el poder del fuego universal y sus sueños se cumplen sembrando lo que su
corazón desea.
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Después contempló el Templo de las Inscripciones, que fue construido para
glorificar en vida al rey maya “Pakal el Grande” y albergar su cuerpo cuando
muriera. Una gran pirámide de dieciséis metros de altura. Dieron ese nombre al
templo por los tableros con miles de inscripciones jeroglíficas.
Aproximadamente en 1952, el arqueólogo mexicano Alberto Ruz Lhuiller,
descubrió en su interior una lápida llena de símbolos, la Tumba del Astronauta.
Conocía un poco su historia, así que una noche, durante un diluvio, rodeado de
serpientes coralinas y monos blancos que custodiaban el lugar, Kandinsky se
coló para poder verla de cerca. La oscuridad y el silencio eran totales, aunque
puede que alguien escuchara su miedo. Un inframundo en la selva. Suerte que
no se encontró con ninguna araña porque habría tenido que salir corriendo. Con
la luz de un mechero pudo ver la tumba. En ella, el supuesto difunto, el señor
Pakal que medía 1’70 metros -una altura nada común en un maya de aquella
remota época-, aparecía colocado en una especie de aparato volador con el
cabello ingrávido y sentado en una silla con cinturón de seguridad. Los pies,
apoyados en unos pedales, y al frente palancas y botones como de una nave
espacial. En la nariz, un respirador. Parece que los mayas, lo tomaron por
extraterrestre y fue considerado desde entonces como otra de sus deidades.
Hasta la NASA lo investigó y encontró coincidencias entre el dibujo
representado y el módulo de mando de una cápsula espacial contemporánea.
3.
Durante todos aquellos días de expedición, se hospedó en un hotel de la zona.
Palenque resultó ser un lugar impresionante. Sus días transcurrían, en el
disfrute de la animación de lo inanimado, a través de hongos prodigiosos. Sería
por eso que dicen que los países se prueban gastronómicamente. Y cada
jornada, acudía a pintar aquello que estaba comenzando a brotar. Se sentía
hipnotizado por esos cielos intensos, nubes cambiantes, colores espectaculares.
Imaginaba cómo habrían sido las vidas de otros humanos en el mismo lugar.
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Entendió en sus entrañas las enseñanzas de los días pasados con Don Juan,
como él llamaba al Indio Yaqui. Alguien escribió que “los hongos nacen en
silencio o con un breve alarido”. Lo importante fue escucharlos. Y le mostraron
el mundo del retorno de las tribus pájaro. Su cuadro fue tomando cuerpo. Y
alma. Uno de los días, a la salida de su jornada pictórica, un simpático niño le
regaló una pulsera con una imagen.
—Es Chac— le dijo. El Dios de la lluvia.
Ese mismo día, tomando una cerveza en el bar de un hotel cercano, alguien se
sentó con él. Se presentó como Gerardo. Era un hombre grande, alto y rubio,
antagónicamente diferente al resto de mexicanos. Con gesto amable, le pidió
que le enseñara ese cuadro que llevaba guardado. Kandinsky respondió
afirmativamente a enseñarle el cuadro y a la invitación de una Cahuama, como
en México llaman a las cervezas de litro. El nombre proviene de las nativas
tortugas gigantes también llamadas Cahuamas. Hablaron largo rato. El
mexicano enorme, era nieto de un Príncipe ruso. Gran conversador. Su familia
había llegado a México después de la Guerra Civil en Rusia, tiempo antes de que
Trosky se encontrara con su exilio y su muerte allí.
También hablaron de la traslúcida piedra que el “español” (había sido
bautizado de nuevo), llevaba colgada al cuello. Un ópalo de fuego en forma de
óvalo engarzado en plata y alrededor, volutas de medios soles plateados. Le
contó al mexicano que antes de llegar a Palenque, habían visitado Teotihuacan.
Juan le había dicho que en náhuatl, Teotihuacan significa La Ciudad de los
Dioses. Planeando el lugar, se alzaban, majestuosas, las pirámides del Sol y la
Luna. El día que las visitaron caía la tarde. De repente, entre la multitud de
abalorios en venta que un artesano exhibía en una sábana sobre el suelo, se
sintió hipnotizado por una piedra. Kandinsky supo de cual se trataba, a pesar de
que sólo la había visto en revistas y catálogos de gemología que fagocitaba desde
pequeño.
10.
A su madre siempre le había sorprendido su afán autodidacta por las gemas y
los horóscopos. Su signo del horóscopo chino era Serpiente. Las Serpientes
confían generalmente en su propio juicio más que en ningún consejo de fuera.
Así que, lo supo al instante. Brillaba como el sol. Había leído muchas veces su
descripción:
Ópalo de fuego. Variedad inusual del ópalo de México. El más raro y por
lo tanto, el más estimado de los ópalos que existen, de intenso e iridiscente
color. La gama de colores pasa, del amarillo- anaranjado a rojo y marrón.
Se aprecia mejor si es visto a la luz del día, justo después del amanecer y
antes del atardecer, exponiendo su excepcional fuego y su juego de color más
favorable.
Esta piedra dinámica se encuentra principalmente en las regiones
volcánicas y fue introducida en Europa al principio del siglo XIX por F. von
Humboldt. Es quizás ésta, la razón por la cual es también nombrada la
piedra del descubrimiento. Se le atribuye la facultad de ayudar a superar las
dificultades. Tiene una acción extremadamente energética y despierta el
fuego interior.
Le pareció raro que al mexicano esa piedra le llamara la atención. Pensó que
lo cotidiano, aunque no sea común, no lo valoramos como se merece. Habían
olvidado el cuadro que Kandinski había desenvuelto cuidadosamente. Al
mexicano también pareció gustarle, e inmediatamente, le propuso un trato.
—Güero, si yo le muestro una pintura ¿usted me la compondría? —Le
preguntó el mexicano.
—Yo no soy restaurador, soy pintor — afirmó Kandinsky.
—Ya, pero yo necesito a alguien que me arregle una pintura. Le pagaré bien,
insistió.
—Primero habría que verla.
—Termine su chela y lo subimos a ver —sentenció Gerardo.
Subieron las escaleras. El hotel tenía cierto aire señorial, aunque ya un poco
decadente, dejando entrever que antaño debió despertar envidias entre los
lugareños. Las paredes estaban adornadas con innumerables calaveras,
coloreadas y floreadas, utilizadas cada año en la conmemoración del Día de los
Muertos. Entraron en una amplia habitación de puro estilo mexicano. Detrás de
un armario, Gerardo, sacó un cuadro con un marco macizo y se lo mostró.
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Asombroso. Los ojos, casi perdieron su órbita. Las nubes se movían de
verdad. Nunca, en su vida, le había pasado algo parecido al ver un cuadro.
—¿Quién ha pintado esta hermosura? — preguntó sorprendido al mexicano.
—Mi abuela.
—Joder, como pinta tu abuela. ¿De verdad lo ha pintado ella?
—Así es —dijo con una sonrisa maliciosa.
—No lo creo. ¿Tu abuela ha pintado esto? ¿La mexicana? ¿La rica mujer del
príncipe ruso? Buff. Esto es muy bueno.
Era un cuadro postimpresionista. Captaba perfectamente la luz y una
armonía exquisita con todos los posibles colores de la gama cromática. El ruso,
entendió entonces, que el “español” sabía más de pintura de lo que había
imaginado al conocerlo. Siguió con tono de sorna, pero por algún motivo decidió
decir la verdad.
—Es un Picasso – dijo. Y esperó una reacción.
—¡Cómo un Picasso!—respondió alterado Kandinsky.
—Sí. Un Picasso.
—¿Y la firma?
No se veía claramente. Alguien la había borrado descascarillándola de
manera premeditada. Kandinsky estaba en un estado de shock. No era capaz de
pensar con nitidez. Dudó de sus sentidos. Observaba por primera vez algo que
nunca había visto y estaba igual de perplejo que el mexicano hacía un rato
viendo su ópalo de fuego. Ambas maravillas tenían los mismos colores, que
ensamblados en perfecta armonía parecían tener movimiento y vida.
—Español. ¿Usted lo arreglaría?—preguntó.
—¡Pero cómo me puedes decir eso! Me estás diciendo que es un Picasso y me
pides que yo te lo restaure. Preferiría no hacerlo – respondió como Bartleby, el
escribiente de Herman Melville.
—Van a venir unos gringos a buscarlo. Me van a pagar bien, y quiero
componerlo, mire como está.
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Kandinsky se acercó más. Lo miraba y lo admiraba. El cuadro era fascinante,
aunque no sabía a ciencia cierta si era un Picasso, era muy bueno, tenía que
reconocerlo. En rojo, a la izquierda, ponía una fecha 45. En silencio, se
preguntaba cómo habría llegado a manos de aquel grandullón.
—A ver. ¿Tu abuela tenía este cuadro? No entiendo nada—preguntó como
para sí pero en voz alta.
—Mi abuela era rica y tenía mucha plata. Conoció a Picasso aquí en México.
—Imposible, Picasso nunca estuvo en México.
Bien pensado, Picasso, fue miembro del Partido Comunista. También amigo
de Diego Rivera y Frida Kahlo. Tenía un abuelo en Cuba. Sus cuadros habían
viajado al Museum of Modern Art de Nueva York. Estados Unidos está más
cerca de México que París. En las biografías de Picasso, que Kandinsky había
leído, ninguna hablaba de ese asunto. John Berger en el libro Picasso, éxito y
fracaso, habla de su productividad sin descanso, que provocaba la dificultad de
encontrar temas que pintar. ¿Y si hubiera ido allí y encontrado una mágica
cantera de cuadros aún por pintar? No era tan descabellado, podía ser cierto.
Kandinsky no lo soportaba más. Tenía que pensar. No podía restaurar ese
cuadro, no se atrevía a tocarlo. Pero en lo más profundo, pensaba que el
mexicano decía la verdad. Era un cuadro impresionante.
—¿Cuánto dinero te van a dar los gringos por él?—le preguntó desesperado.
—Cinco mil dólares—respondió con un gesto extraño, que el “español” no
supo interpretar.
Kandinsky salió. Debía tomarse una cerveza y pensar. Lo hizo apoyado en la
barra, como Firmin, el cónsul protagonista de la novela Bajo el Volcán, de
Malcolm Lowry. Si compraba ese cuadro nadie lo tocaría para restaurarlo. En la
habitación de su hotel, disponía de siete mil dólares estirados dentro de un
libro. Era el dinero con el que había viajado para su estancia de tres meses.
Restando lo ya gastado, aunque comprara el cuadro, le quedarían mil y pico
dólares hasta su vuelta. Decididamente, fue a su hotel, recogió el dinero y volvió
a reunirse con el mexicano. Puso sobre el mostrador los cinco mil dólares, pero
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también una condición y una promesa antes de cerrar el trato. La condición: el
cuadro se quedaría en el lugar donde estaba hasta su vuelta a Europa. La
promesa: si alguna vez vendía aquel cuadro, le regalaría a Gerardo un ópalo de
fuego más hipnotizador aún que el colgado en su cuello. Estrecharon las manos
y Kandinsky regresó al hotel.
Subió a su habitación. Aunque contento, debía reposar todo aquello que le
estaba pasando. Cuando fue a abrir la puerta, su intuición despertó. Se dio
cuenta de que algo no iba bien. Entró y fue a buscar El Retorno de las Tribus
Pájaro. El libro lo acompañaba siempre. Se había convertido en su oráculo
personal. Lo había leído repetidas veces, desde que casualmente lo compró en
una feria de libros en Barcelona. Las largas tardes de lectura, bajo los paisajes
de Palenque, le habían ayudado a lograr una mayor sintonización espiritual con
la naturaleza y con su pintura. Abrió el libro. El dinero que había sobrado de la
compra del cuadro y con el que tenía que sobrevivir hasta su vuelta, había
volado. El sentimiento de alegría anterior se mezcló con la tristeza. Amargura
dulce de lo salado. Aún así, pensó que un ángel pájaro lo custodiaba, porque a
pesar de todo, acababa de comprar un cuadro. Un cuadro excepcional.
Igual que la luna iba creciendo aquellos días, los problemas también. Como
muchas de las partidas de ajedrez que había disputado con su padre, en aquel
lugar mágico, había empezado otra. Kandinsky, era el quinto hijo de Arturito
Pomar, que fue niño prodigio del ajedrez en la Posguerra Española y que desde
muy pequeño mostró excepcionales dotes de intuición y creatividad para este
juego. De su padre, Kandinsky heredó las manos de artista, la inteligencia, la
intuición y una partida de ajedrez, todavía sin resolver. Así son las herencias.
Aquel acontecimiento o casualidad lo había dejado sin blanca. Sin saber a
quién recurrir, acudió al propietario del cuadro hasta esa misma mañana. Le
contó a Gerardo lo ocurrido. Acordaron alojamiento gratuito, a cambio de hacer
artísticos carteles para el próximo evento a celebrar en el hotel, la Fiesta de la
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Luna Llena. Le acomodó en la habitación 12. Acaba la cábala. Y otra vez el
Apocalipsis. Y el Calendario Maya. Año 2012. Fin del mundo, fin del calendario.
El día del juicio final no puede llegar sin que el mundo admire ese cuadro
hipnotizador.
Mientras ofrece pinturas a la luna llena, su otra dedicación es pensar en cómo
va a volver a Europa. Tiene billete de vuelta, pero dos meses en el hotel sería
abusar. Tampoco tiene dinero para volver a D.F, ni para las tasas de adelanto
del billete. ¿Cómo va a llevar el cuadro hasta Europa? La Cruz cada vez pesa
más. Picasso nació en la Plaza de la Merced de Málaga. La Merced es la patrona
de Barcelona, ciudad natal de Kandinsky, pero también la patrona de los
cautivos. Cautivo él también, llama a toda su familia, nadie cree su angustia,
como el obispo no creyó a Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Desesperado, hace una
cuarta llamada. Espera la negativa respuesta, pero vuelve a contar su historia.
Sabe que es su última oportunidad. Al otro lado del teléfono prometen enviarle
el dinero. Trescientos dólares para llegar al distrito federal y adelantar en un
mes el billete de vuelta. El Dios Chac lloró lluvia por sus ojos.
Su misión siguiente, será envolver el cuadro, de forma que pueda llegar a su
destino sin daños y cruzar las fronteras sin problemas. Ya se sabe como son en
las aduanas. Guarda juntos Picasso y Palenque en el mismo compartimento,
cara a cara. Los envuelve en una escafandra que servirá para cruzar el país y
después el Atlántico. El viaje será largo. Tendrán tiempo de conversar.
El día de su vuelta a México D.F., Kandinsky espera al autobús. De pronto ve
un taxi que se acerca. De vuelta su intuición. Inmediatamente, sabe que ese taxi
tiene algo que ver con él.
Del vehículo sale Gerardo. Piensa que se ha arrepentido. ¿Viene a pedirle la
escafandra? Gerardo le entrega su pasaporte olvidado y recibe un abrazo de
hermano. Nunca olvidará a ese hombre. Ojalá algún día vuelva a verlo.
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En el autobús la película Matrix. Pero Matrix no termina hasta que no llegue
a Barcelona. Ya en el aeropuerto, en el embarque, le preguntan por el paquete.
Explicó que había hecho dibujos durante su estancia en Palenque. El aduanero,
al que cayó simpático le propuso que si alguna vez regresaba a México, le hiciera
un retrato de su hija. Hasta le enseñó una foto. Claro, si vuelvo, le contestó. En
el avión, la escafandra se ajustó perfectamente en el compartimento destinado
al equipaje de mano. Fue un alivio, porque su misión ahora era ocultar aquello.
Los cuadros fueron comunicándose todo el camino, sin palabras, como los
buzos debajo del agua y como desde entonces le habla Picasso. Bajito. En
sueños.
La chica que iba sentada en el asiento contiguo, una atractiva pelirroja, lo
miraba de reojo. En realidad, los dos se miraban de soslayo. Tenía pinta de
intelectualilla y observadora con sus gafas redondas. Se atrevió a preguntarle:
—¿Eres pintor? —dijo en español con un acento inglés.
La primera reacción de Kandinsky fue de terror, de paranoia ¿era una espía?
Se preguntó.
—¿Por qué lo dices? —le preguntó. Y se atrevió a mirarla directamente.
Era muy atractiva. Sin ser guapa tenía elegancia y buen porte.
—¿Tengo las uñas manchadas o algo? —Continuó.
—No—rió—Es porque tienes los pantalones tiznados de pintura. Además, he
visto que has guardado un paquete en el compartimento.
El alivio fue increíble. Sí que era observadora, pero ninguna espía del
gobierno. Le contó que venía de Palenque y que había comprado un cuadro de
un pintor mexicano.
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—¿Sí? ¿cuál?
¡Que tía más curiosa! pensó. Evadió la respuesta con otra pregunta.
—¿Eres pintora?
Ella le contó que vivía en Londres y pintando se ganaba la vida. Y ahí estaba
él, hablando con una pintora profesional y un Picasso en el portaequipajes.
Decidió contárselo todo, vomitarlo, las cuatro llamadas telefónicas no le habían
aliviado. Se desnudó, lo necesitaba.
—Enséñamelo—le dijo la chica con ternura y sin ánimo de molestarle.
—Aquí, encima del Atlántico no es lugar—respondió.
—Pues ven a mi casa en Londres y me lo enseñas.
Sintió amor hacia esa mujer, a la que sin conocer ya admiraba. Y le dio el sí a
su propuesta. En ese momento, no pensó, que en el bolsillo no tenía ni para un
Bucanero en el aeropuerto, ni que su billete tenía una hora de escala en Londres
antes de embarcar para Barcelona. Cuando llegaron al aeropuerto de Heathrow
ella le dijo:
—Ahora tú eres mi pareja.
Llegaron a la aglomeración de la aduana. Mucha gente esperando, aunque
seguro que nadie con un Picasso y una chica tan atractiva del brazo. Llegaron
hasta donde debían mostrar sus pasaportes. Aquel que casi perdió el día
anterior. Y en ese punto, decidió que se iba directo a Barcelona, sin desnudarse
de verdad con aquella chica y sin enseñarle el cuadro. Vivieron su historia de
amor. Corta, inocente y maravillosa. La chica, perpleja, se despidió con un gesto
elegante. Kandinsky, por fin, aterrizó en Barcelona. Aquel día, España entera
estaba paralizada. La boda del Príncipe Felipe. Dichosa Monarquía.
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El cuadro, todavía le traería algunas sorpresas. Cuando lo observó con calma
en casa, descubrió muchas más cosas. En efecto, era un cuadro
postimpresionista. Aunque la firma estuviera borrada, tenía un sello de calidad
inconfundible. Él no dudaba que era de Picasso. ¿Y por qué la firma borrada? ¿Y
si Picasso hubiera tenido una aventura con la abuela del mexicano y le hizo ese
regalo durante su romance? A Picasso le gustaban las mujeres guapas y esta
debía serlo. La abuela, habría tenido que rascar la firma para borrar las huellas
de su amante frente a su marido, el príncipe ruso. Aunque si Picasso de verdad
estuvo allí ¿en qué se había basado para pintarlo? ¿Qué escenario describía el
cuadro?
Tenía que encontrar respuestas, pero como nadie es profeta en su tierra,
cuando llegó al Museo de Picasso en Barcelona no pudieron resolverle ninguna.
Era en París, en el mismo Musée National Picasso París, donde debían acreditar
que ese cuadro era del prolífico artista.
Consiguió algo de dinero, justo para el tren Barcelona-París y subió con su
maleta de cartón. Se encontró con un antiguo amigo del barrio.
—¡¡Follo!!—lo llamó.
A este nombre también respondía, desde que le pusieron aquel mote en su
época de colegial. Por entonces, una de sus hermanas, tenía un novio italiano
que trabajaba en Alitalia. Guiaba a los aviones en las pistas del aeropuerto del
Prat. En la chaqueta de su uniforme, un reclamo: “Follow me”. Lo que no
recordaba, era como había llegado esa chaqueta hasta su armario. Pero
resguardaba del frío, así que en el barrio empezaron a llamarlo Follo.
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Su amigo le contó que iba a París, porque desde hacía unos años vivía allí.
Tenía con su hermano una fábrica de vinilos.
—Vente conmigo y veremos que hacemos con eso que llevas—le sugirió.
Y con esa consigna, “Follow me”, llegó a París sin saber una palabra de
francés. Igual que Picasso recién nacido el siglo XX.
Su estancia en París, de casi dos meses, le permitió disfrutar de lugares en los
que otros habían vivido y pintado. Paseó por el famoso barrio de Montmartre, el
Barrio de los Pintores, con acogedoras y empinadas calles repletas de cafés,
donde poder tomar alguno de esos exquisitos vinos franceses. En lo alto de la
colina de este bello barrio, se encuentra la Basílica del Sagrado Corazón que
parece vigilar la ciudad. Fue en 1919 cuando consagraron la Iglesia como
Basílica, convirtiéndose desde entonces en un santuario de peregrinación que
atrae cada año a miles de personas de toda Francia y el mundo entero. Detrás de
este Sacre Coeur (para los franceses), se encuentra la Place du Tertre, plaza
mágica abarrotada de artistas plásticos.
También tuvo la oportunidad de ver el Pont Neuf, que a pesar de su nombre,
Puente Nuevo, es el más antiguo de París. Cuando vio la película “Los amantes
del Pont Neuf”, le sobrecogió la cruda historia de amor que narra. Michele,
pintora con una enfermedad degenerativa, por la que progresivamente va
perdiendo la vista. Y Alex, un frustrado artista de circo. Ambos se encuentran y
viven su indigencia en este particular escenario, mientras Alex escupe por la
boca, el fuego que ella pierde por sus ojos. Un círculo vicioso. Y maldito. Como
la producción de la película.
El colorido cultural del Barrio de Belleville, le recordó a sus cuadros. La luz
reflejada en la diversidad de colores. Rodeado de este entorno, Kandinsky se
sintió tan acogido como en Palenque. Cuando algún lugar le inspiraba, sacaba su
cuaderno y dibujaba o escribía poesías.
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París, 19 de junio de 2004
Hace dos semanas
que llegué a París
ciudad de artistas
y también para mí
Es precioso el Sena
al atardecer
visto desde San Luis
cuando empieza a oscurecer
Todo se puede entender
como se está enamorado
de una puesta de sol
o de la de colorado
que se sentó a mi lado
Notre Dame
nuestra dama
señora del Sena
señora que parte
en dos el río
señora del señorío
de todo lo que yo ansío
Y del Picasso
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todavía ni caso
más no está todo perdido
Tengo el honor y el orgullo
de pintar “in situ”
con la catedral de fondo
con todo su esplendor
Se magnific
Que más podría yo decir
ahora que ya he regresado
sino que quedé impregnado
y ese es mi sentir
Sentirse enamorado
de haber vivido eso
habiendo sido travieso
en mi transitar por París
De los ojos parisinos
casi siempre tan divinos
del color de sus miradas
de las miles de miríadas
de ese sabor a vino
que eso me late a mí
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En la vuelta del Camino
a la Rue de San Maur
pensando mucho en Pablito
el malagueño genial
que estuvo como yo he estado
sin un duro
ni un centavo
como siendo un esclavo
de los pinceles
de los colores
de esos mil y un sabores
que tiene el barrio Belleville
donde se cruza el hindú
con el pakistaní
donde se juntan en la mesa
una china, una turquesa
y un negro de marfil
el camarero cubano
el chef será francés
los turistas mexicanos
y escribe un español
que pasaba por allí.
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Un día, su amigo Ian, el de los vinilos, lo llevó al Museo de Picasso en París.
Esperaron a que los atendieran. Un hombre mayor, de ojos claros y pelo cano,
les condujo a un elegante despacho y cerró la puerta. Kandinsky apoyó el cuadro
en una mesa, quitándole la sábana que lo cubría. Cuando el experto vio el
cuadro, tuvo una reacción poco usual para un trajeado hombre en posesión de
un puesto tan importante. Desmesurada. Gritaba con esperpénticos e
histriónicos gestos. Kandinsky no entendía nada de lo que aquel hombre decía,
ni sus reacciones, así que enfadado, le arrebató el cuadro de las manos y se
dirigió al ascensor. Mientras, Ian recogió la tarjeta que aquel señor le alargó,
aunque tampoco entendió por qué. Salieron. Igual de empantanados que habían
entrado. Ian tradujo a Kandinsky exactamente lo que aquel señor había dicho.
Parece que decía que el cuadro era bueno, pero que no era un Picasso. Y como si
su perplejidad hubiera de oírse, se preguntaba en voz alta: “Si no lo ha pintado
Picasso, entonces ¿quién habrá sido?”.
El amigo de los vinilos, siguió como sus discos dando vueltas y vueltas. La
tarjeta, tenía un número de teléfono y pertenecía al experto en aquellos
menesteres, el Expetise del Museo, apellidado Solaire. Lo llamó. El señor sol, al
que poco le brillaba su apellido, le facilitó la dirección de un buen fotógrafo al
que debían hacer un encargo. Un Echtacrome del cuadro. Fueron precavidos y
encargaron dos. Y tal como les habían dicho, se lo hicieron llegar a Maya Picasso
(hija del pintor y Marie Thérèse Walter). Ocho meses después, cuando
Kandinsky ya estaba de vuelta en Barcelona, llegó una carta al domicilio de su
amigo. La carta, escueta, decía no creer que ese cuadro fuera de su padre. Pero
en la carta no estaba el Echtacrome. Siempre ha pensado que si aquel día que
visitó al señor sol hubiera sido un tío bien vestido y con un buen coche en la
puerta, todo habría sido diferente.
Los meses pasan, pero Kandinsky sigue capturado por aquel cuadro, aunque
sin saber el lugar que representa. El cuadro muestra una alta montaña, con
aspecto de volcán, encuadrado en el lado derecho. A su izquierda, un cielo
nuboso con tonos cambiantes, increíblemente pintado. Las nubes parecen estar
movidas por el viento. Bajo sus pies, en la ladera moteada de blancos, rojos,
amarillos y verdes, la presencia de una iglesia con campanario.
Los volcanes siempre han provocado una fascinación hipnótica y simbólica
en el hombre, aunque también estupor. Seguro que Dionisio Pulido, el
agricultor de San Juan de Parangaricutino, que un 7 de febrero de 1943, vio
como por primera vez el volcán Parangaricutino comenzaba su erupción,
también sucumbió en una mezcla de fascinación y miedo atroz, creyendo que el
Apocalipsis había llegado. Escasos volcanes tienen fecha de nacimiento. El
Paricutín, como todos lo llaman en México, es el único que ha podido estudiarse
desde el momento mismo de su erupción. Fuego fagocitador de almas, que llevó
a muchos artistas a las cercanías del volcán para pintar sus lavas candentes e
hipnotizadoras.
Un maduro Gerardo Murillo, se trasladó a ese mismo lugar para estudiarlo de
cerca. Este artista mexicano, nacido en Guadalajara el 3 de octubre de 1875,
tuvo una vida dividida entre su dedicación al arte, la publicación de periódicos
de lucha política y su fascinación por los volcanes. Casi expirando el siglo XIX
viajó a estudiar a la Universidad de Roma, participando activamente en huelgas
universitarias y colaborando con el Partido Socialista Italiano y el diario Avanti.
Allí, también se doctoró en Filosofía y Derecho. Más tarde, en París mientras
aprendía junto a los maestros de arte de su época, fue bautizado como Doctor
Atl que en náhuatl, la lengua azteca, significa agua.
De vuelta a su país, allá por 1903, fue maestro de maestros, como Diego
Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco en la Academia de San
Carlos de la Ciudad de México. Debido al inicio de la Revolución volvió a París y
24
fundó los periódicos Action Dárt y La Revolution du Mexique desde donde
publicó lo que acontecía en su país. Disfrazado de italiano, en 1913, volvió a
México y se unió al Movimiento Carrancista, del que fue jefe de propaganda.
Cuando la lucha armada terminó, se dedicó a la pintura y al estudio de la
vulcanología. Tan fascinado estaba el Doctor Alt por los volcanes, que no pudo
evitar sentirse aturdido por una personalidad sexual volcánica como la de
Carmen Mondragón, a la que conoció en 1921.
Carmen Mondragón, desde niña, había mostrado una personalidad creativa
que reflejaba en sus escritos y pinturas. Nacida en una familia bien porfiriana,
estudió Artes y Cultura en Francia. La Serpiente de Ojos Verdes, como se la
conocía, era una mujer extremadamente bella e inteligente y poseía un carácter
impulsivo que siempre buscaba nuevas experiencias. A los veinte años, contrajo
matrimonio con Manuel Rodríguez Lozano, cadete en plena Revolución
Mexicana, motivo por el que la pareja hubo de mudarse a Europa, donde
establecieron relaciones amistosas con artistas como Diego Rivera y Pablo Ruiz
Picasso. Todos encontraron allí nuevas posibilidades de expresión a sus
inquietudes artísticas. Manuel Rodríguez Lozano dejó su carrera militar para
dedicarse de lleno a la pintura, compartiendo con su esposa actividades
creativas. Volvieron a México. El primero, convertido en un prometedor
muralista y ella convencida de ser la mujer más bella de México. Ambos,
desafiadores de la moral mexicana, cuyo mayor exponente fue su inmediato
divorcio.
Cuando Dr Atl conoció a su salvaje musa la bautizó en náhuatl como Nahui
Olin, el nombre de “los cuatro elementos del sol” en la cosmogonía azteca. Los
alter ego de ambos personajes mantuvieron una relación amorosa de pasión y
pintura que murió después de cinco años vitales para los dos artistas. A pesar de
la dolorosa ruptura, el Dr Atl evolucionó en su pasión y pintó la serie Como nace
un volcán, una selección de cuadros y dibujos realizados a partir de la erupción
del volcán Paricutín. Escribió hasta su muerte ensayos y libros como La
actividad del Popocatépetl, Cómo nace y crece un volcán o El Paricutín.
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Pero la continua inhalación de los gases desprendidos por ese volcán durante
la erupción, de la que estuvo pendiente día y noche, le ocasionó serios
problemas de salud y en 1949 debieron amputarle la pierna derecha.
Una paradójica similitud. En la mitología griega, Hefesto, Dios del fuego, hijo
de Zeus y Hera, fue expulsado del Olimpo como consecuencia de ser cojo y
desgarbado. De su taller, bajo el volcán Etna, salían artesanales armaduras,
joyas y armas.
10.
El día de los Muertos de 1938, al pie de la Sierra Madre Oriental de México,
con dos volcanes vigilantes, transcurre la tragedia narrada por Malcolm Lowry
en Bajo el volcán. La novela llegó al lector por casualidad, pues estuvo a punto
de ser devorada por un incendio.
Los volcanes que presencian la tragedia y el descenso a los infiernos del
Cónsul protagonista, Popocatépetl e Iztacchuatl, son parte de las tragedias
mitológicas aztecas. Iztacchuatl era una princesa enamorada de un guerrero y
destinada, por su hermosura, a ser sacrificada a los dioses para así asegurar
buenas cosechas a su pueblo. El valiente guerrero quiso huir con ella para
evitarlo, pero fueron descubiertos por los guardias que la hirieron mortalmente.
El guerrero, tomándola en sus brazos, quiso ponerla a salvo, lejos de allí.
Recostada sobre el campo, murió escuchando amor eterno. Desde ese día, el
guerrero Popocatépetl permanece en vigilia convertido en volcán, arrojando
rabia, en forma de fuego, sobre la tierra, por la pérdida de su amada,
Iztacchuatl, la mujer dormida.
26
En 2006, Kandinsky continúa su perpetua vigilia, como el Popocatépetl. El
tiempo se ha parado. Hace ya dos años de todos aquellos acontecimientos y la
partida de ajedrez se encuentra en tablas. El mundo sigue sin querer admirar su
maravilla y sin saber qué representa aquel cuadro.
Y marcha a Galicia. Una vez más, dejándose llevar por las circunstancias,
acude al Santuario de San Andrés “Do cabo do mundo". Cuenta la leyenda, que
el apóstol San Andrés, andaba triste y cabizbajo, pues su templo, situado en un
lugar inhóspito, no atraía a los peregrinos, que preferían visitar al apóstol
Santiago en Compostela. Conmovido, Dios le prometió: “A San Andrés de
Teixido vai de morto o que non foi de vivo” (A San Andrés de Teixido, ha de ir
de muerto el que no fue de vivo). En aquel lugar, Kandinsky, conoció a un
peregrino, llamado Pedro, con el que congenió enseguida. Ambos, quedan en
paz con San Andrés, pero en deuda con Santiago.
Por eso en 2007, Kandinsky decide hacer “la Ruta del Norte” del Camino de
Santiago. Aprovechó la cercanía, para desviar su ruta hacia el Monasterio de
Santo Toribio de Liébana. La localidad puso nombre al Beato de Liébana, que en
el siglo VIII escribió el Comentario al Apocalipsis de San Juan. Siguió su
camino y mientras, escuchaba las trompetas. Y como en el libro de los siete
sellos, siguió su personal criterio de discernimiento, interpretándolas como
señales que le dirigían. Y como almas gemelas que se buscan, los deudores se
encontraron en el camino y llegan juntos a Santiago de Compostela. Veinticinco
de julio. El mismo día de las conmemoraciones. Hay fuegos artificiales e
imágenes proyectadas en el Pórtico de la Gloria, la puerta de la Catedral
orientada al Este. La Puerta Oeste la orientada a Jerusalén. Una verdad como
un templo. La última imagen proyectada es la famosa Paloma de Picasso.
27
Tocado por la estrella de Santiago, Kandinsky siente la necesidad y
confianza de contarle al amigo Pedro su historia y la del cuadro. Poco a poco,
Kandinsky va describiendo a Pedro los lugares y misterios de su viaje a México.
La visita a la Virgen de Guadalupe. El Templo de las Inscripciones y la Tumba
del Astronauta. El encuentro con Gerardo y el descubrimiento del cuadro. El
robo del dinero. La vuelta a Barcelona y la visita a París. Sus incógnitas. El
peregrino es un hombre de mundo, un erudito. Así que durante horas
estuvieron charlando. Pedro era como una enciclopedia ilustrada que te
hipnotizaba inevitablemente. Sabía muchas cosas acontecidas en México.
Y le contó que a principios de 1937, Diego Rivera y Frida Kahlo, acogieron a
Trosky en su casa azul de Coyoacán, después de que Lázaro Cárdenas le
concediera asilo político. Huía de la muerte, a la que había dado esquinazo en
diferentes países junto a su esposa Natalia Sedova.
Rivera había sido, junto a Orozco y Siqueiros, miembro del Partido
Comunista Mexicano. Los tres, formaban una especie de Trinidad en el
muralismo mexicano. Trosky, al que parece que su esposa había introducido en
las artes, había entendido que Arte y Revolución podían ser inseparables y
viendo reproducciones de los murales de Diego Rivera, vislumbró al
revolucionario sensible detrás de sus pinceles. Creación e ideas afines, aunque
sus personalidades no tardaron en chocar. El motivo no fue una historia oculta
entre Trosky y Frida Kahlo, puesto que parece que sólo las puertas y pasillos de
la casa azul eran testigos de lo que pasaba. Diego Rivera tuvo suerte y parece
que murió sin saber. Natalia, una observadora mujer, puede que entreviera a
través de las puertas y siempre lo supo. Arte y revolución no se separaron. Fue la
muerte quién lo hizo.
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En el Museo de Trotsky, situado en la misma casa en Coyoacán que lo vio
morir, puede leerse una carta de agradecimiento de Natalia Sedova a Lázaro
Cárdenas, escrita poco después del entierro de su marido. En un párrafo dice:
“Vd. ha prolongado cuarenta y tres meses la vida de León Trotsky. Yo guardo
en mi corazón mi gratitud por ese tiempo. No solamente yo, sino centenares de
miles de combatientes, que luchan por la renovación de la humanidad”.
Pedro proseguía su narración sin interrupciones.
—La casa, era considerada como el cuartel general, donde se fraguaban las
ideas “Troskystas” que tenían tantos enemigos. Había que clausurarlo. El 24 de
mayo de 1940 asalta la casa de Trosky un grupo capitaneado por el mismo
Siqueiros. No fue problema que estuviera protegida por fuertes medidas de
seguridad, puesto que les abrió la puerta el guardaespaldas de Trosky. El tiroteo
no logró herir al matrimonio. Volvieron a escapar de la muerte, acurrucados
contra la pared. Pero no tardaron en intentarlo de nuevo. El 20 de agosto del
mismo año, Ramón Mercader del Río, un español que consiguió infiltrarse en el
círculo de Trosky, le clavó un piolet en la cabeza en su propio despacho. Trosky
estaba rodeado de enemigos, y ni su hermético refugio fue capaz de salvarle la
vida. Moría finalmente en el hospital de la Cruz Verde. Al igual que Cuāuhtémōc
perdió el control de su ciudad, Tenochtitlan, a la llegada de las tropas de Cortés,
Trosky perdió la vida en su propia casa, que aunque acorazada, no pudo
protegerle de sus muchos y allegados enemigos. Siqueiros pintó murales con
representaciones de Cuāuhtémōc, que en náhuatl significa “El Águila que
descendió”. El mismo, planeó encima de la cabeza de Trosky hasta su muerte.
Pero Trosky no tenía las alas del águila para volar al desierto y mantenerse lejos
del dragón.
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Entre vasos de Ribeiro, Pedro sigue construyendo historias reales. Además de
seguir narrando la historia de México, hace preguntas a Kandinsky. En cada una
de ellas, reflexiona. Pura filosofía. El ciclo lógico de la vida, creacióndestrucción.
Y le cuenta:
—El Universo funciona en consonancia a determinados principios
sumamente poderosos. Las leyes del Universo influyen en nuestras vidas cada
día y a cada momento, sólo hay que aprender a actuar de acuerdo con ellas. Y
aunque el universo es antagónico formado por polos opuestos, estos nos
muestran la unidad. Inhalación―exhalación, vigilia―sueño, alegría―tristeza,
luz―sombra, guerra―paz, sol―luna, masculino―femenino, vida―muerte,
agua―fuego.
Y acaba la Cábala. Pedro le pide a Kandinsky que le describa
pormenorizadamente el cuadro que encontró en México. Después de escucharle
muy atento, finalmente le sugiere:
—El cuadro que compraste, dibuja la historia del volcán Paricutino que
erupcionó por primera vez en 1943 y que sepultó numerosos pueblos a su
alrededor. Del pueblo que había en la misma ladera del volcán, en la actualidad,
sólo asoma la parte alta de la iglesia. El campanario.
La hipótesis de Pedro volvió a cubrir de hollín los volcanes de Kandinsky.
FIN
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EPÍLOGO
Muchas veces en la vida notamos una sensación de que algo llamado destino
o Dios o casualidad (depende de las creencias de cada persona), nos lleva a
situaciones que por circunstancias nos obligan a tomar decisiones que luego
marcarán el resto de nuestros días, y serán el eje de todos los acontecimientos
públicos o privados. Y en lo más recóndito de nuestros corazones, en la más
escondida intención de la mente, allí volverá esa idea, invisible, intangible pero
fiel, de que en realidad, a pesar de todo, estamos cumpliendo una MISIÓN, a la
cual no podemos renunciar y si así lo hiciéramos, las consecuencias de luchar
contra nuestro designio serían gravísimas. Y preguntaréis ¿qué misión? ¿y por
qué?
Tal como yo lo veo, ya antes de nacer, estamos predestinados, incluso yo me
atrevería y me atrevo a decir que desde el principio del tiempo así es. La vida es
un camino, principio y fin, fin y principio tal, como se puede ver en la Catedral
de Santiago de Compostela, en la entrada Sur, la de las Platerías. W, A, Omega,
Alfa. Fin del principio, porque aunque ahí acaba el camino, empieza a su vez el
nuevo camino de la vida. Ya el maestro de maestros dijo: “Yo soy el camino, la
verdad y la vida”. Porque no hay camino sin vida, y sin vida no hay verdad. Y
acaso una persona que no puede caminar ¿tiene ganas de vivir? En verdad que
si está postrado en una silla de ruedas, aunque goce de cierta movilidad, se
sentirá inútil y desconsolada por el hecho de no poder valerse por sí mismo.
Pero no voy a descubrir nada que no se sepa ya. Me limitaré a escribir este
epílogo, que supongo que significaría etimológicamente, el fin de la palabra, el
fin del verbo.
Yo José Luis Arturo Pomar Pérez, nací en Barcelona en el barrio de Gracia,
siempre digo por la gracia de Dios, el 27 de mayo de 1965, día ese año de la
Ascensión, jueves. Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol, Jueves
Santo, Corpus Cristi y el día de la Ascensión. Y para más rintintín, 1965 era año
Santo Compostelano. A los diez días de haber nacido, 6 de junio me bautizaron,
31
o sea, el día de Pentecostés. Soy el quinto de siete hermanos. Mi nombre,
claramente bíblico, José, que significa añadido por Dios. Lo puso mi madre
Carmen, en honor de las fallas de Valencia, pues ella era valenciana, de pura
cepa, y las fallas nunca fallan, ni con la lluvia. La Nit de la Cremá queman todos
los ninots, que son la representación de las mentiras de nuestra sociedad,
política social, cultural…
Mi padre, el famoso e ilustre Arturito Pomar, niño prodigio del ajedrez
mundial, que se enfrentó a muy corta edad con los mejores jugadores del
mundo, Alexander Alekhine, Bobby Fischer, Tigran Petrosian, Viktor Korchnói y
otros. Pero de mi padre no diré mucho pues hay mucha información de su vida.
Sí diré, porque viene al caso, que su padre Juan, mi abuelo, fue el primero de
muchas generaciones de judíos, choetas (judíos de Mallorca) que se casó con
una mujer que no era de su raza, sino que era castellana.
Tengo muchos motivos para pensar que tengo una misión que cumplir, y
que a base de golpes, parece que estoy aprendiendo la lección, y cuando más
perdido creo estar, encuentro una señal luminosa, que me pone otra vez en aras
de la misión estelar para la que he sido creado. Y ahí está la pintura, mi
vocación, ya de pequeño. Aunque antes sólo hacía garabatos en los apuntes de
mi cuaderno de los Maristas de Rubí. Empecé tarde a pintar, a los 29 años,
como Kandinsdy, pero con fuerza y aplomo, sabiendo perfectamente que quería
ser maestro en la más alta contemplación de la luz natural. Con el óleo de
salvación con el que fui uncido cuando nací. Óleo sí, el mayor condensador de la
luz que hay, por lo menos en el reino vegetal. Y ahí están las piedras vivientes
que somos nosotros y aparece nuestra Señora de Guadalupe, el ópalo de fuego,
piedra volcánica y por supuesto, el Parangaricutirimicuaro. Y lo usan en las
escuelas para que los niños mexicanos aprendan dicción. Y que tendrán que ver
todas estas cosas con Picasso, y es más, ¿qué tendrán que ver conmigo? Por lo
visto mucho porque yo estaba el día, la hora y en el lugar que debía estar. Como
iba pues a desechar esa oportunidad que la vida me brindaba. ¡Por supuesto que
no! Y aunque no sabía muy bien lo que hacía comprando un Picasso sin firma y
de dudosa autoría para todos, menos para mí, me obligó a ir a París, La Coruña,
y antes de que este relato sea leído iré a Málaga al principio del fin.
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Atrás quedaron mi entrevista con André Solaire, el expetise del Museo
Picasso, la idiosincrasia parisina, toda la hipocresía y manipulación que los
poderosos hacen con el arte, de los que ya han muerto, algunos en la miseria y
que ellos, especuladores natos venden en Cristye’s o Sothebys por millones de
euros sin ningún pudor. Y para terminar este epílogo, no olvidaré agradecer a
Eva Nuño de la Asunción por su interés y su constancia en escribir esta historia,
ya que antes yo lo había intentado y sin su inestimable ayuda, nunca hubiera
podido. A Maribel por sus bocadillos en la fría Catedral de Cuenca, a Giovanni, a
Pablo, a todos los que me creyeron cuando les hablé de estas cosas. Y no puedo
olvidar a Pedro el peregrino que caminó descalzo desde Roncesvalles hasta
Santiago y me desveló el nombre del Volcán. A Iñaki, a Manuel Marinho que fue
un hermano y lo será siempre. A Santiago entera por aguantar mis borracheras
de Orujo. A San Marcos donde vendí algunos cuadros, A Rita, mi amiga, a la
madre María Asunción, que canta como los ángeles en la Catedral de Santiago, y
también a Eva Vázquez, por haberme aguantado dos años de relación. Y por
supuesto a mi madre, que me trajo a este mundo.
Amor, paz y gracia, nos vemos en el camino de la vida, y que la divina
providencia os acompañe, con amor.
José Pomar.
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FOUGUE por EVA NUÑO DE LA ASUNCIÓN se encuentra bajo una Licencia Creative
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